sábado, 6 de marzo de 2010

Vértigo




La ciudad siempre está presente, nos estructura y no podemos hacer mucho. La estructuración toma la forma de un caerse y buscar atajos para la salida. En la ciudad las dimensiones se exceden, el tiempo se multiplica y rige en distintos modos. Hay espacios que son tiempo y espacios que arriban al tiempo donde no hay ya tiempo. Cartografiar la ciudad es imposible, en todo caso sería conjugar dimensiones y pasajes, hilos que se pierden entre las rendijas y eso no sería todo, faltaría recuperar los signos y para captarlos debemos acechar. Por eso es imposible cartografiarlo, la acechanza necesita un agente que el mapa no puede nombrar.

La habitación con ventana a una calle lluviosa es un lugar donde podemos agazaparnos y acechar. Una mano, no es mía ni tuya, toca el cristal. Rápidamente se repliega al vaso de scotch, lo sorbe todo. La lluvia de afuera se filtra en forma de sonidos, una sonorización de lo líquido, de lo perpendicular. No suelta el vaso a pesar que ya no hay nada ahí, tal vez es la última defensa que queda, el último peñasco que nos salva del insondable abismo de la locura. Tal vez un viento repentino desplace la lluvia y trastorne su eje, tal vez una epifanía oblicua recubra nuestra cara desnuda en la oscuridad, tal vez no. Pero la ciudad permanecerá y la literatura indefensa buscará a ciegas sus armas.